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… Y la cerca fue extendida

La noche había caído y un pequeño grupo de soldados salía de un bosque en Europa.
Era casi a finales de la Segunda Guerra mundial a mediados de 1945. Los soldados llevaban sobre sus hombros una caja rústica e improvisada. Era el ataúd que ellos habían construido para uno de sus compañeros víctima de un enfrentamiento militar.
Se dirigieron a la parroquia del pequeño pueblo.
Un par de ellos entraron a la iglesia preguntando por el encargado. Después de saludar y presentarse le pidieron al clérigo que les permitiera dar cristiana sepultura a su compañero dentro de los límites de la parroquia.
El clérigo se negó a tal petición argumentando que no podían sepultar a un hombre que no había profesado su religión y que si ellos deseaban podían hacerlo fuera de la cerca que delimitaba la parroquia.
A pesar de los ruegos de los soldados no lograron convencerle.
Algo tristes y desilusionados decidieron cavar a la orilla de la cerca de la parroquia y sepultar a su compañero. Hicieron un par de oraciones y se adentraron de nuevo a su campamento en el bosque.
Muy de mañana antes de partir decidieron darle el último adiós a su compañero. Al llegar a donde ellos habían cavado y sepultado al soldado se asombraron pues no había tierra removida recientemente ni señas de que alguien hubiera tratado de excavar. Por momentos pensaron que quizá se habían equivocado de lugar la noche anterior debido al cansancio que traían.
Dieron la vuelta a toda la cerca y no encontraron el lugar.
Mientras se veían uno al otro tratando de encontrar alguna explicación, el clérigo salió y se acercó a ellos y les contó lo siguiente:
– “Anoche, después que ustedes se fueron fui a mi habitación a dormir, pero no pude conciliar el sueño, me sentía culpable al no permitirles enterrar a su compañero dentro de los límites de mi parroquia, así que decidí levantarme a esas horas, tomé una pala y pico y trabajé gran parte de la noche extendiendo la cerca más allá de donde ustedes habían sepultado a su compañero, de manera que quedara ahora dentro del patio de la parroquia”.
Permítame un momento más de su atención.
Hace más de dos mil años, Dios hizo lo mismo, extendió “Su cerca” para incluirnos en su plan de redención.
En un pequeño pueblo e insignificante nació el Salvador del mundo, Jesús.
El Verbo se hizo carne. Belén, un pequeño pueblito de no mas de un par de centenar de personas fue testigo del anuncio más grande que la humanidad haya recibido: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lucas 2:11 BJ).
La eternidad amplió su cerca el venir Jesús y nacer de una virgen, y treinta y tres años después culminar el plan eterno del Padre Celestial en la cruz.
El Jesús de la Biblia no vino del Polo Norte ni en un gran carruaje tirado por algunos renos elegantes.
Jesús vino del cielo y en su nacimiento hubo un coro de ángeles irrumpiendo en los cielos. Sin embargo, su lecho fue un pesebre, pues no se halló un lugar para Él. Eso es extender la cerca para incluirnos.
Navidad no es un árbol con regalos alrededor.
Mucho menos el personaje tan famoso de traje rojo. No es una cena elaborada en la que los invitados lleguen con sus mejores ropas.
¿Está mal que la tenga si está en posibilidades de tener? ¡De ninguna manera! Déle gracias a Dios y si puede compartir un poco de su bendición con quien no le podrá devolver el favor eso será mucho mejor, una experiencia que no olvidará.
Aprovecho estas líneas para agradecer su atención y la oportunidad que nos da de llegar a sus hogares con estas pequeñas reflexiones.
Es nuestro deseo sean de utilidad para su vida cotidiana. Gracias al Semanario Fin de Semana y permitirnos este espacio.
Que tenga una muy Feliz Navidad.