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En este oleaje que tiene el mar de la vida, trajo hasta mis orillas un chico muy simpático, de esos que puedes acomodarle esta palabra de cualquier modo. Buena pinta por fuera, divertido hasta tatuarte la sonrisa. Hemos salido un par de veces y me ha impresionado la pasión con la que habla de su profesión, de la comida y de su amor por las carreras. Canta en el coche como si estuviera en un escenario rodante y juega, le hace compañía a la niña inquieta que habita bajo mi piel.

Cuando regreso a casa y siento los latidos del corazón como si este quisiera escaparse siento el alma plena. Cada que puedo le agradezco su visita a mis días y no hace más que contestarme con alguna de sus acostumbradas ocurrencias. De nuestra última salida, después de las reacciones químicas sentidas, recordé una frase que hace poco escuchaba “En el momento en que te das cuenta que eres feliz, comienzas a dejar de serlo”

¿Les ha pasado que están viviendo el mejor momento de su vida y que dentro de ese éxtasis pasa por su cabeza en una milésima de segundo que nada es eterno y que seguramente este, como otros momentos terminara por extinguirse? Y entonces comienza el dolor por no poder prolongarlo, por no poder controlar las situaciones, por no hacer eterna la vivencia y quedarnos ahí instalados por días, semanas, años o vidas. Y entonces caemos en la cuenta que si del odio al amor hay un paso, del amor al miedo – de perderlo todo – hay solo medio.

¿De qué manera puedo superar el miedo a la perdida?

El solo echar a volar nuestra mente imaginando que podemos perder a una pareja, amigo o familiar nos afecta y lacera las células del cuerpo. Mientras tengamos este miedo, no estamos teniendo esta conexión con el poder impresionante de nuestra existencia. En realidad es la vida, el universo o Dios quien va moviendo los hilos, por eso tenemos ese pavor, pues de sobra sabemos que la voluntad del otro no está bajo nuestro control. Por eso nos da miedo amar, por temor a salir lastimados nuevamente o peor aún, a ilusionarnos y perder al amado. La realidad es que no perdemos a nadie, no podemos perder a nadie ¿Lo sabían?

Necesitamos perder a alguien – y nuestra realidad nos ha llevado en varios momentos por este callejón -, porque nuestra alma busca la experiencia de retener lo que creemos que necesitamos. Una de las formas de superar este miedo es, encararlo, como en algún momento sucedió mientras buscábamos al monstruo bajo la cama con el fin de darle su merecido – , de este modo cuando experimentemos una perdida en lugar de castigarnos por creer que ha sido la consecuencia por no ser suficientes, por no haber hecho de otra forma las cosas, podremos mirar con ojos y corazón que es lo que nos está mostrando esa pérdida de mí. Que me estoy perdiendo de mí que no he visto todavía.

El hecho de abrirse a esto, nos cambia completamente el panorama. Aunque nuestra vida será la misma, los encuentros causales que tengamos a los largo de nuestros días también serán los mismos, al igual que los amigos de los que nos rodemos, y pareciera que no ha cambiado nada, la realidad es que con solo tener la disposición de experimentar una pérdida nos hace abrirnos a una nueva comprensión. Es inevitable que cuando esto acabe sentiremos el dolor de que se va la persona, pero, al mismo tiempo y como un acto de magia aparecerá un agradecimiento interno de que se esté dando esto para descubrir el aprendizaje real.

Yo he tenido esta sensación de miedo a perder a alguien en muchos momentos y estoy consciente que va a seguir ocurriendo en mi vida – como quizá esté pasando en los momentos que construyo estas líneas – pero me he comprometido a mirarlo y comprenderlo desde otro prisma. Espero ese momento en que mi consciencia se abra y logre entender que en el presente no hay perdida solo en el futuro y que por ello no queda más que disfrutarnos en el momento en que decidamos estar sucediendo, porque allá, en el siguiente segundo que el reloj marque, puede que él decida cambiar de escenario, mirar otros ojos o tomar otra mano, por lo que lo único que tengo es este momento, yo no sé mañana.