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En la ciudad de México el sol brillaba con esplendor aquel lunes 13 de septiembre de 1847, era una mañana con aire fresco y desde lo alto del castillo de Chapultepec se dejaban ver con majestuosa insolencia los volcanes: Popocatépetl e Iztaccíhuatl. El olor a muerte se desvanecía y volvía a aparecer a kilómetros de distancia de este cerro del chapulín, donde jóvenes militares espantados por el ruido de disparos se arremolinaban en lugares cuasi seguros por miedo a la muerte. Pasado el medió día ya todo había terminado, pocos hechos presos por el invasor, y los jóvenes cadetes aniquilados en una férrea defensa de sus posiciones. Para el 15 de septiembre ondeaba en lo alto del castillo de Chapultepec la bandera de las barras y las estrellas.
Un año antes, el 13 de mayo de 1846 el presidente Polk ante el congreso de los Estados Unidos en una solicitud matizada por la actuación y casi con lágrimas en los ojos solicitó autorización para declarar la guerra a México con las siguientes palabras: “sangre estadunidense ha sido derramada en suelo estadunidense, nos han agredido a traición”.

La guerra fue declarada y no quedando otra alternativa México hizo lo mismo el 23 de mayo por voz de su presidente Valentín Gómez Farías quien hizo traer de inmediato a Antonio López de Santa Anna para dirigiera la refriega.

En realidad, Polk en su afán expansionista quería los territorios del norte, que consiguió, y la guerra era una buena cuartada a su ambición que delinearía una conducta que quedaría para siempre. México perdió la guerra no solo por la superioridad bélica, sino como afirma Vicente Riva Palacios en México a través de los siglos, por la ambición desmedida de los jefes militares por obtener privilegios y fortunas, por la corrupción encabezada por Santa Anna.

Han pasados muchos años y el vecino sigue ahí;

Sigue siendo ventajoso y aprovechado de un país que a pesar de las afrentas seguimos agachando la cabeza, dejando que millones de compatriotas hayan emigrado por no encontrar paz y trabajo bien remunerado;

El vecino sigue ahí;

Ya tuvimos una revolución que buscó con ahíncos la justicia social, la distribución equitativa de las riquezas de este gran país, y al final se distribuyó solo entre los poderosos, los partidos políticos y la iglesia;

El vecino sigue ahí;

A pesar de que tenemos una frontera de 3169 km con Estados Unidos, que nos unen muchas raíces de oriundez, nos siguen viendo como el vecino incomodo, a pesar de que seamos posiblemente el mejor cliente comercial y el aliado siempre incondicional porque formamos parte de América del norte, y aun así somos el patio trasero de los gringos donde se pueden dejar los trebejos que no se usan, pero eso sí celebrar con pompa en la casa blanca el 5 de mayo como si en realidad fuéramos hermanos cariñosos.

El presidente Trump ha repasado a su antojo toda clase de amenazas, de retos y de disposiciones que a la postre se le han devuelto, pero que inquieta siempre su postura altanera y retadora. Un gran muro entre los dos países es su sueño, y ahora detener la migración de hermanos de centroamericanos que imagina México tiene la obligación de detener porque ya le incomoda su presencia.
Insiste este presidente de cabellera naranja que el gobierno de México tiene la obligación de detener las olas de migrantes, porque entre ellos van los mafiosos, los traficantes de drogas y los pobres de los pobres. Es evidente que para que un traficante de drogas tenga éxito como en su tiempo el Chapo Guzmán es porque existen miles de consumidores que como pececitos están abriendo sus sentidos esperando las sustancias.

Se escucharía mejor si Trump anunciara como acostumbra por twitter que ya no existen consumidores en su tierra y por consecuencia ya no requieren la droga. Es mucho pedir.

Si ya Polk en 1846 se apoderó de lo que quiso del territorio nacional, hoy parecería que Trump quiere emular a su antepasado.

El presidente de México López Obrador ante tantos desvaríos de su homologo de la Unión Americana, y haciendo a un lado su taimado gesto de amor y paz y su negación a la “confrontación”, por fin habló con certera puntería haciendo eco genuino de todos los mexicanos; porque no solo puntualizó la necesidad de respaldar los derechos humanos con los migrantes, sino que la historia de ambos países ha mostrado verdaderos patriotas como Benito Juárez y Abraham Lincoln que buscaron la equidad y no la ventaja. El Presidente de México dejó claro que “Recuerde que no me falta valor, que no soy cobarde ni taimado, sino que actúo por principios”, dejando un agradable sabor entre los mexicanos.

Está claro que no queremos guerra, pero sí que la figura del presidente se yerga con esmero y con más frecuencia dejando a la vista la equidad y siempre la justicia.

Hoy asistimos a un evento necesario y coherente de alguien que busca una transformación, no importando si es la cuarta o la quinta, sino la presencia categoría de un estadista y un líder de un gran país que sabe esculpir en el humo y dibujar en el agua, como dijera Jaime Sabines.