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En un lugar de mi pueblo de cuyo nombre a veces me acuerdo, sucedió que llegada la época de la semana mayor, los sacristanes, mayordomos y demás concurrentes se dieron a la tarea de organizar por primera vez la :”Pasión de Cristo en vivo”. Estaban emocionados como nunca, seguramente tendrían más turistas, pero sobre todo lograrían imprimir en la comunidad un aire de recogimiento inspirador de buenos y nuevos propósitos.

El más sesudo de los mayordomos escribió el guión, obviamente basado en los documentos oficiales, le arregló algunos detalles de su ronco pecho, como el usar sangre de verdad, y ser derramada en el rostro del Nazareno, pero sobre todo elegir a un representante que fuera ejemplo para toda la comunidad. En su mente avispada surgió pronto la figura de su ahijado Fortunato, hombre alto y bien portado, y que muy recientemente se había integrado al primer grupo de AA, con una pasión total por redimirse. Cuentan voces callejeras que en sus tiempos de alto alcohol llegó a golpear a su madre, en fin solo Dios sabe, pero ahora es un hombre digno de imitarse.

El plan del susodicho guionista crecía como las olas del mar, vivía embelesado con su proyecto, buscó a las mujeres más bellas del ejido, a los galanes del pueblo para vestirlos como soldados Romanos, y en un delirio de ingenio para encarnar a las mujeres pecadoras, solicito la colaboración de un puñado de sexo servidoras del mismo pueblo. Estaba seguro que su versión neo-realista sería un ejemplo a seguir por todos los confines de los pueblos.

Llegó el día de los hechos, el día esperado con expectación, era un viernes de dolores y los actores nerviosos esperaban las órdenes de mando, el momento cumbre del viacrucis.

Al sonar de una trompeta de la banda de guerra de la escuela, la caravana empezó su marcha, los soldados estaban transfigurados en sus respectivos papeles, no faltó la gente sin escrúpulos que les chiflaron cuando vieron que usaban una falda corta, ignoraban que así vestían los soldados de Roma, sin embargo el fervor era imponente.

Atrás de la enorme procesión las bellas pecadora lloraban, se arrepentían esperando tocar al Nazareno, los rumores de las mujeres beatas no se hizo esperar, a fuerza de verlas fueron reconociendo casi a todas, algunas creyendo que la redención sería más pura, lucieron sus vestidos de trabajo, o inclusive tal como salieron de sus fuentes de solaz esparcimiento arrancaron la marcha, y no faltaron los altos funcionarios que al verlas sintieron calosfríos y cosquillas en el cuerpo, bien podían saludarlos como si fueran grandes amigos.

La procesión siguió, y como nunca falta un pelo en la sopa, a la mitad del camino decenas de hombres, mujeres y niños estorbaban el paso, decían llamarse: luchadores del SNTE, otros seguidores de una tal maestra Gordillo, que ahora más vivaracha que cuando estaba presa jura recuperar la dirección del SNTE porque asegura que se encuentra secuestrada; unos más, defensores de los hombres difamados por acusaciones de acoso sexual en #metoo, por esas calumnias sin sentido, otros seguidores de la 4T, y otros tantos protestaban con llanto verdadero por el fin de la vaquita marina.

Debo decirles que mi pueblo se encuentra a más de 500 kilómetros de la ciudad de México, pero que gracias a la tv. se encuentran bien informados, y que si no pudieron acudir a la capital para protestar, este era un buen momento.

Total todos somos mexicanos decían con esmero.

El calor de abril caía a borbotones, y mientras los mayordomos negociaban con los manifestantes, Fortunato – representante de Cristo – sintió sed, la cruz era muy pesada y ya tenía rato cargándola. Sus amigos de antaño, ahora soldados o discípulos en actuación, se habían prevenido con sus respectivas caguamas disfrazadas en unos discretos cilindros.

Pero como la sed era intensa y la marcha no avanzaba, arremetieron con ellos de un solo sorbo, le invitaron a Fortunato quién con lágrimas en los ojos suplicó un permiso al altísimo, y así lentamente se tomó de un solo trago una caguama completa; las pecadoras que habían trabajado toda la noche acallaron su sed con grandes tragos de cerveza, y con una transfiguración milagrosa abrazaban y besaban al Nazareno.

La sangre se les calentó y cuando ya habían degustado del segundo frasco, se reinició la marcha.

Las fibras más íntimas de Fortunato se abrieron como amapolas colmando sus ojos con lágrimas genuinas de su apesadumbrado corazón, y al cargar la cruz se arrepintió de sus pecados.
Los soldados se sintieron malos, y creyendo actuar con mucho donaire golpearon con más fuerza al Fortunato, lo patearon, le mentaron la madre, logrando exclamaciones del respetable de tal realista actuación.

Pero como no hay dolor que se aguante mucho, en un arranque de ira, quizás sazonado por la cerveza,
Fortunato aventó la cruz y retando a golpes con palabras de la vieja guardia, donde recordaba a las respectivas madres de los soldados, se les fue encima, sus discípulos lo secundaron y cuando se dieron cuenta la procesión iba al revés, ahora Cristo correteaba a los soldados, y las bellas pecadoras – que también ya habían aliviado la calor con cerveza – corrían despavoridas junto con ellos.

Fortunato tuvo que rendir cuentas, las actrices pecadoras prefirieron irse a sus fuentes de trabajo, y los mayordomos juran que nunca más recurrir al neo-liberalismo en escena.

Como debes imaginar se han cambiado los nombres de los personajes y lugares, ya que cualquier coincidencia puede delatarlos, pero les aseguro que esto fue real, y que desde entonces – por lo menos en mi pueblo la semana mayor suele ser de intensa meditación y para recordar siempre al buen Fortunato que ahora es presidente municipal.

Así es la vida, a veces da, y a veces quita…tan tan.