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No es noviembre pero vivimos, en este tiempo todos los días en una revolución. Uno de los personajes más emblemáticos de esta estampa de nuestra historia nacional es Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa – aquel que se decía que tenía dos “viejas” a la orilla- . En lo particular es uno de mis favoritos por su personalidad – su mejor imán para las mujeres -, las leyendas que giran en torno a él pero sobre todo por su gratitud y lealtad.

Hace 141 años – un 5 de Junio – veía la luz José Doroteo Arango Arámbula en San Juan Del Rio Durango. Nunca fue a la escuela y al hacerse huérfano y quedarse a cargo de su familia se empleo como arriero en la hacienda “El Gorgojito” de Agustín López Negrete a quien mató (algunos autores manejan que hirió) al encontrar a este ultrajando a su hermana, por lo cual tuvo que huir para no ser apresado.

Terminó así por unirse a un grupo de bandoleros y cambio su nombre varias veces por lo que ha sido difícil encontrar referentes de su vida en un largo periodo sin embargo uno de sus nombres más conocidos y con el que se reincorporó a la sociedad Francisco Villa.

Se dice que en este tiempo comenzó a ganar popularidad y admiración entre los campesinos, pues robaba a los ricos hacendados para dárselo a los pobres. Las hazañas del “Robin Hood mexicano” eran contadas en plazas y cantinas.

A la par, surgía la Revolución Mexicana como resultado de la dictadura de Porfirio Díaz, además de la oligarquía agraria, la inversión extranjera, la gran brecha de clases y por su puesto la corrupción – que sigue presente en nuestros días-. Es así como nace la figura de Madero, quien representaba la oposición para Díaz y había elaborado el Plan de San Luis en el que se comprometía a regresar a los campesinos todo lo robado durante el porfiriato, además de lanzar la amable invitación de levantarse en armas contra el terrible dictador el 20 de noviembre de 1910. Abraham González Casavantes, pepe grillo de Francisco I. Madero convence al Centauro del Norte a sumarse a la lucha.

Se dice que gracias a su popularidad Panchito logró formar un gran ejército en el norte con campesinos. Cuentan que era muy buen estratega, tanto que en una lucha contra el general Navarro, mando a colocar sombreros sobre estacas, y este creyendo este que el ejército de Villa le superaba en número prefirió emprender la retirada.

Es en la hacienda de Bustillos donde conoce a Madero y donde se dice que entre lágrimas le confiesa su triste pasado, él le comprende y lo cobija y le da el grado de coronel. Al lograr tomar ciudad Juárez en abril de 1911, Madero le da una indemnización de 15 mil pesos para abrir una carnicería y llevar una vida en paz. Ya con las aguas aparentemente tranquilas, algunos caudillos como Zapata y Orozco desconocen a Madero como presidente y le llaman traidor al no cumplir con lo escrito en el Plan de San Luis, por lo que convocan a una nueva lucha, sin embargo Villa que quedo eternamente agradecido decidió no voltear bandera y permanecer fiel a Madero, quien a su vez cometió el gravísimo error de confiar en uno de los peores villanos de la Historia Mexicana – sin contar al de 1994 – Victoriano Huerta para quien Villa no representaba lo más bonito del planeta y lo acusa de insubordinado y lo manda a fusilar.

Nuestro Panchito se logra salvar gracias a la intervención de Gustavo, hermano de Madero pero para no verse mal lo mandaron a la sombra un ratito donde aprendió a leer y el fino arte de las fugas – ¡Toma eso Chapo! – para gozar de su libertad en El Paso, Texas. El asesinato de su mentor en 1913 le hizo volver a México con 4 hombres que en un mes convirtió en 3000, con ellos iniciaría su lucha contra Huerta.

En ese mismo año, libera Chihuahua y comienza ahí la fundación de 50 escuelas y toma la gubernatura en 1914, cargo que asumió por un breve tiempo. Por esos mismos días, firma un contrato con la Mutual Film Corporation por 25 mil dólares para filmar las actividades de la División del Norte, documental que se estrenó el 9 de mayo del mismo año , en nueva york bajo el título de “The Life of General Villa”. Este dinero lo ocupo para financiar su lucha.

Esta leyenda viviente llego a ser idolatrado por sus 16 mil hombres, mientras que por el otro lado un solo hombre le expresaba su el odio: Carranza, quien formó su team con Obregon mientras que nuestro Panchito hizo alianza con Emi Zapata. Carranza movió su gobierno a Veracruz y los chicos buena onda se reunieron en la capital del país en diciembre de 1914 donde Villa aprovecho para sentarse en la silla presidencial y tomarse una de las fotos más emblematicas al lado de Zapata.

Como estas ocurrencias tuvo muchas otras: Mientras fue gobernador de Chihuahua estableció ley seca para su ejército con la consecuencia de fusilar a quien desobedeciera pues estaba convencido que el alcohol era causante de muchas desgracias (como las 10 llamadas a tu ex mientras te pones una buena jarra). No gustaba de las bebidas mágicas pero la malteada de fresa era su debilidad, la cual degustaba en Texas.

Todos los historiadores coinciden en que muchas mujeres desfilaron delante de los ojos de Villa, en lo único que aun no se han podido poner de acuerdo es en el número, pero se acercan a 36 y 26 hijos reconocidos. Según el profesor Oscar Corral Gutiérrez, Panchito no las “tomaba” – como la mayoría de los revolucionarios en esas épocas -, si no las mismas mujeres eran quienes se le acercaban, al igual que tías o madrinas para ofrecerles a sus parientes, pues estaban impresionadas con su personalidad.

Una de las leyendas que gira en torno a esto es que cuentan que una vez que tomaba una “noviecita” le regalaba en automático 20 vestidos y 15 pares de zapatos –no acepten menos, chicas- pero cuando ya no quería nada con ellas, el asunto se ponía mejor, pues recibían joyas y una “para que te acuerdes de mi” como despedida.

La famosa frase de “Con sus viejas a la Orilla” se cree que obedece a que sus guardias personales eran dos mujeres que le acompañaban siempre una a cada lado.

El 20 de Julio de 1923 nuestro Centauro del Norte vería el fin de sus días en una emboscada, cayendo abatido entre balas, las mismas con las que años atrás había convivido.