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Gracias.

Una leyenda árabe cuenta que un hombre joven vagaba por el desierto y llegó a un arroyo de agua cristalina. El agua estaba tan deliciosa que llenó su cantimplora de cuero que llevaba hasta rebosar y así poder llevarle a un anciano de la tribu que había sido su maestro y al que le tenía gran respeto.

Tras una jornada de 4 días llegó a la aldea e inmediatamente se dio a la área de buscar al maestro. Cuando le encontró le ofreció el agua que traía en su odre al anciano y al instante, sin reparo alguno el maestro bebió bastante, después sonrió amablemente y le agradeció el gesto a su antiguo estudiante expresándole que estaba deliciosa. El joven regresó a su casa con el corazón contento por las palabras de su maestro.

Luego de algunos momentos el anciano le dio a beber del agua a otro alumno que había estado presente durante aquel momento. Este, después de tomar un sorbo lo escupió diciendo que el agua estaba terrible.

Tal parece que el agua se había puesto “amarga” tras haber estado en la cantimplora durante los 4 días y expuesta al sol. El estudiante visiblemente molesto se dirigió a su mentor:

-“Maestro, el agua estaba horrorosa, ¿no entiendo la razón le engañaste que el agua te había gustado?.
El maestro le quedó fijamente mirando y respondió pausadamente sin mostrar enojo alguno lo siguiente:

– “Tu solamente probaste el agua, mientras que yo saboree el regalo. El agua fue simplemente el canal de un acto de bondad”.

Esta leyenda inspiradora nos enseña una profunda verdad. Es la importancia de cultivar en nuestras vidas la gratitud en nuestras relaciones personales con quienes nos rodean y expresan actos de bondad que pudieran parecer no muy significativos. Pocas ocasiones ponemos atención en los “pequeños” detalles que hacen por nosotros. Nos asombran mucho los obsequios “valiosos” o de los que vienen de las personas que consideramos “importantes”. El punto no es mostrar una actitud superficial y pretender decir algo de lo que ni siquiera estamos convencidos, sino disciplinarnos a profundizar más en las personas que se atraviesan en nuestro camino y que hacen algo a favor nuestro.

Gracias, es una palabra sencilla pero muy significativa. Sentirnos merecedores de un servicio solo porque estamos pagando, habla de un corazón duro e ingrato.

David escribió un salmo, en el que se obliga, por decirlo de alguna manera, a recordar y no olvidar los beneficios de Dios, “…Bendice alma mía al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios” (Salmo 103:2 RV60).

Lo primero que cada día debemos recordar, son las bondades de nuestro Creador. Si usted sigue leyendo el pasaje, observará que David enumera algunas cosas por las que el se sentía profundamente agradecido.

También por otro lado, la gratitud para con nuestros semejantes no debemos olvidar. Darle gracias al jardinero que pasó el tiempo cuidando su jardín, dar gracias al personal de servicio de casa que diariamente se esfuerza por hacer su trabajo aun con sus limitaciones. Al que lavó su auto, barrió su calle…en fin, hay una gran lista de personas a las que les haría mucho bien oír un gracias por parte de nosotros.

Ah, y por cierto gracias a usted que tan amablemente nos ha permitido a lo largo de este año un momento de su tiempo y leer esta reflexiones. Y a Fin de Semana por el espacio que nos permite.

“Si la única oración que dices en tu vida es gracias, ésta será suficiente”

Meister Ekhart (Filósofo y Teólogo alemán, Siglo XIII)