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Allá por el siglo XIX, cuando la época del telégrafo era el método más rápido para difundir un mensaje a larga distancia, un joven solicitó trabajo como operador de código Morse.

Éste joven había leído un anuncio en el periódico en el que se solicitaba un empleado para una oficina de telégrafos. Sin más demora se dirigió a la dirección de la oficina que estaba en la lista del periódico.
Cuando llegó, entró a una oficina muy grande que estaba ocupada por un gran número de personas que estaban ocupadas en sus respectivos escritorios y había un gran bullicio por todos lados, incluyendo el sonido del telégrafo en el fondo. Un letrero en la mesa de la recepcionista decía lo siguiente: Los que busquen empleo, favor de llenar la aplicación que se encuentra abajo, y tome asiento hasta que sea llamado.

El joven inmediatamente tomó las hojas y llenó la aplicación y se sentó al lado de otros siete candidatos que estaban esperando. Después de unos minutos, el joven se puso en pie y atravesó el pasillo dirigiéndose a la oficina en la que se suponía les harían el llamado, abrió la puerta de la oficina del director y entró inmediatamente.

Los otros siete candidatos se quedaron sorprendidos al ver esto, y comenzaron a murmurar entre ellos y expresar que aquél joven atrevido y mal educado pronto sería echado de la oficina del director, ya que no le habían llamado.

Sin embargo para sorpresa de ellos un par de minutos después salió el director de la oficina y tranquilamente les dijo al pequeño grupo de aspirantes que se podían ir, ya que la plaza de empleo vacante había sido ocupada por el joven que había entrado unos instantes antes.

Todos los candidatos se quedaron perplejos ante tal situación y que les había parecido injusta tal decisión, las protestas no se dejaron esperar y uno de ellos dijo:
-“Espere un minuto por favor, yo no entiendo. El joven al que hace alusión usted fue el último en llegar y entró a su oficina sin ser llamado, y usted no estuvo ni tres minutos con él antes de darle el empleo, y nosotros que hemos estado esperando aquí casi toda la mañana ni siquiera nos permitió una entrevista, esta es una verdadera injusticia”.

El director después de escucharle con atención y calma le contestó tranquilamente:
– Jóvenes, por las últimas tres horas, mientras que todos estaban sentados aquí, el telégrafo que se encuentra frente a ustedes ha estado transmitiendo el siguiente mensaje: “Si usted entiende este mensaje, parece, entre en mi oficina que el trabajo es suyo”. Ninguno de ustedes escucho o entendió o puso atención al mensaje, pero este joven sí… así que el trabajo es de él.

Desafortunadamente vivimos escuchando tanto ruido a nuestro alrededor generado por nuestras preocupaciones, cargas que dejamos de escuchar la voz de Dios cada día y a cada instante. Estamos preocupados por las instrucciones que dejamos pasar el llamado de Dios.

Estamos viviendo tiempos difíciles en muchos sentidos y eso nos distrae de poner atención en la voz de Dios, tierna y dulce cada mañana que despertamos. Agobiados con la “aplicación” en la mano esperando nuestro turno para la entrevista que esperamos nos traiga un alivio pero desafortunadamente la oportunidad se nos esfuma como humo y salimos desilusionados en busca de otras opciones.

Parar y hacer el tiempo para escuchar a Dios debería ser nuestra prioridad cada mañana. Si hemos perdido ese hábito recuperémoslo y si no lo ha hecho le animo a iniciarlo.
“…hace mucho tiempo, Dios habló muchas veces y de diversas maneras a nuestros antepasados por medio de los profetas, y ahora, en estos últimos días, nos ha hablado por medio de su Hijo…” (Hebreos 1:1-2 NTV).

Le agradezco su atención y deseo que tenga un excelente Fin de Semana, ahora con sus sentidos más agudos para oír la voz de Dios.