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Decían hace tiempo que de futbol, política y religión no debía hablarse  pues generalmente las opiniones terminan dividiendo a los participantes de la conversación,  que comienzan a defender a capa y espada su punto de vista. Lo cierto es que el no tocar al menos el tema de la política nos ha hecho ir a marcar la boleta “a ciegas” dejándonos llevar por los que estén encabezando la contienda – como si de solo popularidad se tratara- o por aquel con quien la mayoría simpatice.

Así al final parece los únicos que están participando no son precisamente los buenos, si no aquellos que tienen una mejor estructura, más operadores o mejor publicidad, los que regalaron despensas – o hasta rosas -, ¡Vaya, han hecho de todo para instalarse en nuestro inconsciente!

Y es precisamente nuestro inconsciente él que termina metido en problemas: “En el tricolor hay una estampita repetida que no es garantía, en el Movimiento de Regeneración hay un ex morenovallista que en las elecciones pasadas fue contrario al grupo que hoy lo impulsa y en el partido azul esta al que todos sus compañeros odian y hasta las populares de la ciudad trolean invitándolo a ser protagonista de una película de adultos”.

Ante este panorama ¿Es normal que no me sienta identificado con él candidato que mi partido decidió cobijar?

En mi caso concreto esta ha sido de esas veces en las que decidí hacer mutis completo al enterarme del candidato al que le abrió las puertas el partido con el que me identificaba y miraba como varios contactos de Facebook mostraban su apoyo incondicional – y pasional – por su “gran labor altruista” (doy énfasis a las comillas porque de sobra sabemos que durante años solo ha sido una inversión), mientras por otro lado, el domingo, me asombraba por los kilos de popularidad que mostraba otro de los candidatos al ver un gran número de gente desfilando con él en su cierre de campaña.

Terminé mi día con una copa de vino mirando una transmisión en vivo  – con 11 personas que la veían también – del candidato independiente que hasta el momento tiene conquistado mi voto. Me di cuenta que formo parte de la minoría que simpatizamos con este personaje. Pensé en nuestro democrático sistema de gobierno donde nos han hecho creer que la mejor decisión es la que toma la mayoría y sobreentender que la peor decisión es la que toma la minoría – y no importa si la minoría tiene argumentos sólidos para tirar a la mayoría -.

Al respecto Platón, en su obra La República, defendía la Sofocracia – o gobierno de los sabios –  planteaba que si estuviéramos en un barco en medio de en un océano ¿A quién se debía elegir para navegarlo? ¿Se debería hacerse un consenso y por popularidad elegir quien entre todos los tripulantes creían el más apto para hacerlo? ¿O debería manejarlo alguien que realmente tuviera los conocimientos de un capitán?

Sin embargo la política al no ser exacta siempre da cabida a la opinión y pues así nos va.

Lo cierto es que, si vamos a un viaje en el tiempo en 2018 muchos de nosotros nos dejamos arrastrar por la popularidad de un movimiento que si bien muchos de nosotros vimos como un cambio a nivel nacional no nos imaginamos que no significaría lo mismo a nivel local, pues a pesar de todas las advertencias – y el chapulineo evidente desde los padres de nuestro ex innombrable edil – decidimos ignorar de manera involuntaria – o hasta voluntariamente quien era este candidato (y puedo asegurar es mismo está pasando en estos momentos en el mismo partido pero con distintos personajes) y nos dejarnos arrastrar por el efecto de la marca o por quién votaría casi todos.

La democracia actúa así dejándose guiar por lo que diga la mayoría dejando a un lado aquello que es verdaderamente importante. Es más, haga una prueba y pregunte a tres personas cinco propuestas que le hayan hecho elegir el candidato por el que va a votar, puedo asegurarle no todos podrán responderle pero se dará a la tarea de convencerle que es el más bueno solo porque la mayoría lo avala y que ojala usted haga lo mismo porque prácticamente todo mundo votara por él. Entonces aquí ocurre lo que se conoce como La Espiral del Silencio.

La teoría explica como la opinión pública funge como control social donde las personas adaptan su comportamiento a las dichas opiniones pues es lo “socialmente aceptado”, ya que si usted se mantiene en una opinión diferente a la mayoría se corre el riesgo de quedarse solo o de ser rechazado por los demás – razón por la que muchos nos abstenemos de compartir nuestras preferencias políticas-.

Al final, con pesar digo que nuestra ciudad probablemente no llegará a ver ninguno de los cambios que muchos de los Tehuacaneros anhelamos en la elección de este nuevo gobierno pero debemos comprender que la sociedad solo busca conservarse a sí misma y hasta el momento es la única manera en que sabe hacerlo, evitando salir de su zona de confort. Así que fuerza paisanos, que independientemente del momento en que estén leyendo esto, gane quien gane el cambio no es nada alentador.