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Esta es la historia de una ciudad nacida de la mano de los dioses. Cuna del más sagrado de los alimentos y refugio de las aguas sanadoras. Cada tres años, casi al término de la primavera, los moradores de este lugar se reúnen para decidir sobre quienes guiaran el destino de este maravilloso lugar, sin embargo, desde hace algunos años se viven entre miedo e indiferencia pues su hogar ha dejado de ser la maravilla que algún día fue.

Este año se cumple una vuelta más y se han aparecido tres cerditos para la contienda: El de la tiendita, el del aserradero y el cerdito… bueno dejémoslo en el que come tacos en todas las esquinas. Estos tres cerditos se han chutado todas las inconformidades de los habitantes quienes de algunos años para acá se dieron cuenta que una playera, una gorra y una despensa les dura apenas 5 de los 1095 días que hay que aguantar al cerdito ganador sin hacer nada, nada, pero nada, nada, nada.

Por ello se tuvo que cambiar la estrategia y siguiendo las enseñanzas de Roberto Carlos quieren tener “un millón de amigos” que les garantice el poder sentarse en la silla de la casa de los gigantes. Y es así como el cerdito de la tienda se fotografía con “la comisión de ratitas” “el representante de los venados” “el líder de los pájaros mensajeros” “Don Búho, el sabio del árbol del norte que respalda que cerdito el de la tienda es el efectivo”. (Aunque en una experiencia previa ya se vio que no, pero bueno)

El otro se dedica a ser un rey mago en primavera, bueno  en realidad no solo en primavera, en verano, en otoño, en el día de las madres, en el del estudiante, en el de los amigos con derechos… ¡En todo momento! “Es que el cerdito del aserradero es muy bueno, siempre se ha preocupado por el bienestar de todos – dice la patita – llevó a mi granja una bolsa de jitomates y unos cerillos” “Hace un año me dio un girasol – dijo doña ardilla moviendo su cola – ¡Tan lindo él!”

Y el último cerdito, bueno el último cerdito… pues digamos que se la pasa apoyando el negocio local y diciendo que tacos están buenos y cuales no para que no gasten su domingo en vano. El punto es que ahora todos son “buenas personas” – aunque tengan nulo conocimientos de administración pública – y pues así ¿Qué daño pueden causarle a la ciudad si todos aman este lugar?

Lo que quizá es urgente que ahora conozcan estos desafortunados habitantes antes de elegir nuevo representante, es un término surgido en los años ´60 acuñado por Hannah Arendt: La Banalidad del Mal.

Pues aunque los cerditos se acerquen con toda la buena voluntad del mundo a tomarse fotos, regalar flores o hacer una recomendación de los alimentos más deliciosos del lugar las intenciones que lleven debajo de sus lindas y rosaditas pesuñas pueden ser opuestas a lo que aparentan.

Peo volviendo a Arendt, fue una teórica política alemana de origen judío, su obra más conocida es “Eichman en Jerusalén” que relata el juicio de Adolf Eichman quien durante el holocausto gestionaba las deportaciones de los judíos hacia los campos de exterminio y participo en las llamadas “marchas de la muerte”. Fue acusado del asesinato de 6 millones de personas.

Siendo reportera en “The New Yorker”, solicitó ser enviada a Jerusalén para cubrir el juicio de Eichman. Esperaba encontrarse con una persona desalmada, monstruosa y con sangre fría que no se tentara el corazón para llevar a cabo tan crueles acciones, sin embargo lo que se encontró fue aún peor pues Eichman era una persona espantosamente normal.

Un hombre que al ser cuestionado sobre aquellos atroces actos en los que no solo había participado si no incluso dirigido y planeado respondía  con “Yo solo seguía ordenes, hacía mi trabajo”. Eichman no era un psicópata, un asesino a sueldo o una persona trastornada, era un tipo normal con preocupaciones normales: cumplir con su trabajo, cubrir las necesidades de su familia, conseguir un status; Un tipo que durante el día planeaba la transportación de judíos y por la noche abrigaba a sus hijos.

Entonces, ¿Se imaginan que después de depositar la confianza en el bonachón cerdito de la tiendita  o en el dadivoso cerdito del aserradero (del ultimo cerdito no hablamos porque pues es muy pero muy poco probable que pise este escenario) los resultados no fueran lo que esperaban? que los manantiales se vayan secando, el alimento escaseando, la seguridad siga siendo un problema que está en el escritorio, que no hay ofertas de empleos, que la ciudad se mantiene estancada mientras que, quienes prometían ser un verdadero cambio terminan jugando el mismo papel de indiferencia con la ciudad como todos los representantes que han pasado ya y que lo único que han sabido hacer muy bien es llenar de dinero sus propias arcas.

“¿Cómo es posible que el de la tiendita haya hecho esto, si todos los gremios se sumaron con él porque es bien buena gente?” “No me esperaba eso del cerdito del aserradero, si siempre  se preocupó por regalarnos algo y ahora mira… ¡cómo nos fue a fallar!”

Esto nos pone frente a una verdad aterradora, que personas que consideramos “buenas” pueden cometer actos atroces, bajos. La Banalidad del Mal indica que la maldad puede ser bestial pero desafortunadamente quien lo comete no necesita ser una “bestia”, pues puede ser una persona común que al enfrentarse a ciertas situaciones es capaz de actuar sin reflexionar sobre sus actos.

Cualquier persona puede cometer el más terrible de los crímenes, solo basta con que deje de pensar.

Y bueno, este cuento aún no tiene desenlace pero lo único que espero que tengan estos habitantes es una reflexión de como “el más buena gente” puede ser en un abrir y cerrar de ojos el “mejor de los malvados”.