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Hace unos días sentía un vacío en el estómago que justifique con los nervios que te dan en una “Primera Cita” y no es que fuera con disposición de que saldría de ese café con pareja pero es que el conocer a alguien siempre implica caminar con esa pequeña incertidumbre de presentarte – la famosa primera impresión – y conocer de viva voz al ser que habita bajo la piel y las letras de WhatsApp de tu nuevo receptor. Pero como todo en esta vida puede pasar, si, estaba ansiosa.

Mis anteriores relaciones de pareja no se caracterizaban por ser precisamente dulces y bonitas, la química de los primeros meses me hacía pensar que tal vez justamente así se sentía “El Felices para siempre” pero una vez pasados los efectos, parecía que mi cuento había empezado al revés, pues Bella estaba viviendo con el príncipe que había fingido ser encantador para dar paso a la Bestia que en realidad era y que al parecer seguiría siendo por los siglos de los siglos.

Un día sentada en el sillón de quien fuera mi terapeuta por varios años, me quejaba amargamente de mi mala suerte con las parejas, mientras exclamaba un “Todos son iguales” y le decía que seguramente una tía que no había sido invitada a mi bautizo había dejado caer un hechizo y por ello mis malas relaciones amorosas, algo parecido a lo que le sucedió a La Bella Durmiente. Muy amorosamente me explico que aquella “hermosa repetición de patrones” no tenía nada que ver con “el mal de ojo”, sino radicaba en las necesidades.

El “Todos son iguales” no es para nada una falacia, pues descubrí que la bendita repetición de patrones, el hecho de que los hombres con los que me involucraba fueran exactamente iguales en realidad tenía que ver conmigo pues siempre terminaba parada frente a mí misma así que no podían ser siempre ellos los culpables, pues de alguna manera yo estaban reflejando algo de mí. Una y otra vez nos enamoramos de personas con características similares a las nuestras. Según la psicología, buscamos a nuestros padres.

Chico busca en sus parejas a su mamá mientras que las chicas buscamos a nuestro papá – así es en la mayoría de los casos – . Pero, hay un ingrediente más, cuando las necesidades básicas que Maslow nos comparte no fueron cubiertas en la infancia buscamos que las cubra la pareja. Por ejemplo, alguien que vivió carencia de dinero en su niñez, encontrará atractivos a los hombres o mujeres que lo tienen.

Otro ejemplo es en el que la mayoría de los seres humanos que habitamos esta tierra hemos padecido: la necesidad de afecto y tal vez ustedes puedan decirme: “No yo no, si mis Papás siempre me amaron, nunca me pegaron, estuvieron conmigo” pero, muchas veces este amor nos los dieron de forma condicionada… “Te quiero si comes, Te quiero si te portas bien, Te quiero si me obedeces” y con esto no estoy diciendo que nuestros papás sean los culpables de nuestras malas elecciones de pareja, pues ellos nos educaron desde su inocencia, seguros de que hacían lo mejor.

Pero esto no es todo, hay una sorpresa más, el afecto está relacionado con la madre y el reconocimiento con el padre. El buscar títulos, logros, éxitos, por ejemplo está relacionado con esto último. Todas estas variables son inconscientes, nadie lo hace consiente y al estar carentes de esto y encontrar alguien de fuera que nos lo proporcione, nos hace volvemos dependientes y pagar cualquier precio.

Nos relacionamos desde la carencia. Una vez que encontramos al buen samaritano que nos saciará la sed establecemos contratos inconscientes por miedo a perderlo. Siempre que hay miedo no hay amor porque ambos no pueden coexistir.

Desde el plano espiritual se puede ver de esta manera, somos energía y a partir de ello, podremos entender que lo semejante atrae a lo semejante, manifestamos en el plano físico circunstancias, personas y acontecimientos que tienen que ver con la frecuencia que estamos emitiendo.

El Kybalion lo menciona en el principio de correspondencia “Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba” por lo tanto, la vida es un espejo. Si no me valoro, manifestó en el plano físico una pareja con un tipo de carencia. Cuando no cubrimos las necesidades por nosotros mismos ponemos parches, ya que al otro lo hacemos responsable de nuestra felicidad, ¿y que me hace feliz?

Pues según mi carencia puede ser que mi pareja deje todo por mí, que este 24/7 disponible para mí o tal vez que me llene de regalos o que reconozca todo lo que hago. Pero cuando acaba el enamoramiento – que según el doctor Raúl Martínez Mir, bioquímicamente dura entre seis y ocho meses. –al otro se le acaba el empuje para seguirnos dando lo que cubre mi necesidad, y entonces nos llega la decepción, sentimos decepción porque al final, la felicidad es un trabajo individual.
El secreto es identificar mi carencia y trabajar en ella. En lugar de buscar fuera proveernos de lo que necesitamos nosotros mismos. Aprender a ser lo que queremos atraer, ya que no atraemos lo que queremos más bien atraemos lo que somos.

Partimos de la necesidad de ser naranjas completas y en esta medida, las parejas que atraigamos serán también completas. Cuando la vida me reflejo este cambio el mundo me devolvió amor en todas mis relaciones humanas. Así que aquí voy otra vez con el corazón lleno de amor, completa y sin expectativas.