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Todos los mexicanos recordaremos el próximo mes, el inicio de la guerra de Independencia, una mañana del 16 de septiembre de 1810, cuando el Padre Miguel Hidalgo, arengó a todos en Dolores, para luchar contra los españoles y liberar a México. El grito del 15 de septiembre en la noche es un mito de don Porfirio Díaz, que en sus últimos aleteos como presidente de México, celebró su cumpleaños el día 15 de septiembre de 1910 en la noche, adelantando la conmemoración del 16 de septiembre.

El sacerdote Miguel Hidalgo, que había sido Rector del Colegio de San Nicolás en Valladolid y después párroco de San Felipe Torres Mochas y de Dolores, en Guanajuato, hizo un llamado general a la insurrección al cual respondieron una gran cantidad de curas o beneficiados como antes se les decía. Entre los más recordamos están Hidalgo y José María Morelos, Mariano Matamoros, Mariano Antonio Tapia, de Chiautla, José Manuel Correa y José Antonio Magos, de Huichapan, José Ma. Sánchez de la Vega (párroco de Tlacotepec de Juárez) y muchos, muchos más.

Morelos pasó de hacer misas en Carácuaro, a dirigir en combate a miles de insurrectos, pues su alba de cura, no borraba en él al  hombre que había sido: un caminante de pies de jaguar y ojos de águila, capaz de ventear en el monte cualquier presencia animal o humana, de leer las huellas marcadas en el lodo, de  caminar y correr, de persogar caballos, de montar y de chiflar para apresurar a las recuas de mulas, de amarrar con esmero las mercaderías a su cargo, para protegerlas de cualquier salteador de caminos.

Morelos debió ser como un ocelote: astuto, silencioso y ágil, con don de mando además.

Ninguno mejor que él para hacer la guerrilla y la guerra en el sur de México, en terrenos abruptos sin horizontes amplios, de matojos, de selvas y montes, donde los enemigos matan en emboscada, no en guerra frontal. En Morelos seguía vivo el arriero de sabiduría corporal desarrollada día a día, la cual no perdió a su paso por el Seminario, donde debió formarse en las artes del razonamiento y el aprendizaje del latín y el griego, la retórica, la filosofía y la ética.

Ese hombre fuerte y ágil, sintió el llamado, la vocación de servir a Dios a través de la impartición de sacramentos, del adoctrinar y convertir a los de poca fe, de ser oficiante. Era dos en uno: soldado y clérigo. Luego del llamado de Hidalgo, compareció ante su presencia para ponerse a sus órdenes, para ofrecerle ser capellán de los rebeldes. El Padre Hidalgo no lo quiso de capellán, pues le vio madera de guerrero, de General, por lo que lo invitó a dirigir la insurrección en el sur.

Miguel Hidalgo no era hombre de campo, era más bien un estudioso, culto, exquisito, que gustaba del teatro y la música. Durante el tiempo en que fue párroco de  San Felipe Torres Mochas, como vimos en la película en la que actúa Demian Bichir, dio a la gente de este lugar, la oportunidad de disfrutar de las obras de Molière, dramaturgo que criticó la pedantería de la gente de su tiempo. Por ser así necesitaba la intrepidez de hombres como Morelos.

Hombres de estudio, Hidalgo y Morelos, lo mismo que sus contemporáneos clérigos, fueron testigos de cómo las políticas de los Borbones, Carlos III, Carlos IV y Felipe II de España, arruinaban  sucesivamente tanto a clérigos, como a funcionarios criollos, a comerciantes medianos, a agricultores, a panaderos, a indios y mulatos, a la mayoría, para privilegiar a españoles peninsulares, a mineros y a latifundistas. Éstos últimos extendieron sus posesiones en el sur y oeste, desde Chiapas hasta el Bajío para volverlas plantaciones de caña, de cáñamo de cacao.

En Pátzcuaro indios y negros, mulatos y castas,  se opusieron a formar parte del ejército al que los obligaba a ingresar Carlos III, por lo que hicieron tumultos. Los brotes de rebeldía se sucedieron unos a otros de 1766 en adelante, pues los agravios iban en aumento: la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de España. En Izúcar, Puebla, hubo una rebelión campesina y multiclasista en el año de 1780, para protestar contra  el despojo de sus tierras que realizaban los propietarios de las haciendas cañeras que crecían entre Morelos y el sur de Puebla.

En la segunda mitad del siglo XVIII, ardía el país, desde Chiapas a Izúcar, pasando por Tehuantepec y Pátzcuaro y hasta Sonora. Ese México borbónico del siglo XVIII, en plena efervescencia, fue el que les tocó vivir a los padres fundadores de la patria. La invasión de España por Francia creo las condiciones para el estallido independentista.

Era demasiado ser una colonia oprimida ya, para además convertirnos en colonia heredada o traspasada a otra potencia. En agosto de 1812, luego de algunos triunfos y derrotas, llega Morelos a Tehuacán y deja sus huellas como marcándonos el camino por el que debemos marchar, el camino de  la libertad.