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El planeta tierra es un vasto escenario en el que una diversidad de personas representa las escenas de nuestras vidas a diario. Esta diversidad a veces se convierte en un punto focal para una intensa desconfianza, animosidad y tristemente violencia sobre dichas diferencias.

A la humanidad le gusta dividirnos y categorizarnos en distintos grupos de personas según características en gran parte construidas socialmente que van desde la raza, el género, la religión, el estatus socioeconómico, la orientación sexual, el origen étnico, etc.

En lugar de celebrar la singularidad única de tal diversidad de identidad, la humanidad ha usado con demasiada frecuencia tales diferencias como un medio para justificar fines destructivos.

La indiferencia no conoce un partido político o una ideología porque abarca la población humana en la que los estereotipos se rompen constantemente. En última instancia, como sociedad, con demasiada frecuencia miramos colectivamente hacia otro lado o hacemos muchas excusas para retrasar la igualdad y la justicia básicas para los ciudadanos del mundo.

Hemos trazado los límites en el mapa de nuestro mundo, que a menudo ha servido como metáfora de las horribles violaciones de los derechos humanos que ocurren dentro de nuestras fronteras y más allá de ellas.

Ustedes recordaran que el año pasado, hubo un gran terremoto en la parte central de México en el que murieron cientos de personas y miles quedaron sin hogar. Durante meses, las personas recogieron donaciones de alimentos y materiales de construcción y viajaron a áreas remotas, ayudando a reconstruir.

Donaciones financieras llegaron de todo el mundo. ¿Por qué no existe el mismo sentido de urgencia y compromiso para combatir la pobreza, la diferencia étnica, de género? ¿Por qué no existe el mismo compromiso para ayudar a transformar nuestro planeta, a recoger la basura, a sembrar más árboles, a cuidar a los animales con los que coexistimos?

Es fácil movilizar a cientos de miles de personas a un estadio deportivo y dondequiera que se trate de ganancias personales, pero luchamos por no unirnos para hacer los cambios necesarios en el mundo. Los “líderes” mundiales se han reunido en repetidas ocasiones para hablar sobre los objetivos climáticos, pero no han hecho nada.

Una gran parte de eso es que las personas que tienen poder económico y político gobiernan para sí mismas y para sus compañeros de élite, en lugar de para la humanidad, y se niegan a tomar cualquier tipo de liderazgo en cualquier cosa.

Y mientras los líderes están inactivos, el resto de nosotros también. El enorme abismo entre lo que está mal con el mundo y lo que pensamos que podemos hacer al respecto, parece cada día más una brecha insalvable.

Al mismo tiempo, la mentalidad prevaleciente es que el mundo está ahí para ser utilizado (toma su energía, animales, madera, minerales y metales; agrede al que es diferente a ti) pero que no le debemos nada ni a el mundo ni a nadie. La cultura de “no es mi problema” y “cada uno a lo suyo” niega la idea de que el mundo es de hecho nuestro problema y debemos tener una relación recíproca tanto con el planeta como con las personas que ayudan a proporcionarnos un Hogar y una vida.

Elie Wiesel vivió el horroroso Holocausto que la Alemania nazi había establecido durante la Segunda Guerra Mundial. Wiesel ha escrito y ha hablado mucho sobre su experiencia de vivir en un campo de concentración.

El maltrato y asesinato de judíos, gays, gitanos, intelectuales y otros grupos que el régimen nazi consideraba inferiores o anormales. En un discurso al entonces presidente Bill Clinton titulado, Los peligros de la indiferencia, Elie Wiesel afirmó de manera contundente:

“En cierto modo, ser indiferente a ese sufrimiento es lo que hace al ser humano inhumano. La indiferencia, después de todo, es más peligrosa que la ira y el odio. La ira a veces puede ser creativa.

Uno escribe un gran poema, una gran sinfonía, uno hace algo especial por el bien de la humanidad porque estás enojado por la injusticia que uno presencia. Pero la indiferencia nunca es creativa. Incluso el odio a veces puede provocar una respuesta. Peleas, denuncias. Lo desarmas. La indiferencia no provoca respuesta. La indiferencia no es una respuesta.

La indiferencia no es un comienzo, es un fin. Y, por lo tanto, la indiferencia es siempre la amiga del enemigo, porque beneficia al agresor, nunca a su víctima, cuyo dolor se magnifica cuando se siente olvidado.

El preso político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar,(el desalojo de los animales de su hábitat) no responder a su difícil situación, no aliviar su soledad ofreciéndoles una chispa de esperanza es exiliarlos de la memoria humana. Y al negar su humanidad traicionamos la nuestra.”

La única manera en que la humanidad puede continuar mejorando las situaciones de la vida en general es despertar más completamente a nuestra propia ignorancia e indiferencia. Por más que a nadie le gustaría admitirlo, todos hemos sido indiferentes a los problemas de las personas y del mundo.

La ausencia de empatía que mostramos al mundo, sigue siendo una barrera para nuestra propia prosperidad como planeta. La indiferencia y la ignorancia no deben ser reclamadas por un solo grupo o persona porque todos hemos participado en esto en un nivel u otro. El desafío para la humanidad es ser más conscientes socialmente de la amplia gama de problemas que afectan a nuestro planeta y actuar desde lo que somos y desde donde podemos con amor.