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Hace una semana me hacían la observación de que hago mucha referencia al término fluir y me recomendaban dar una explicación mucho más profunda de esta para que se entendiera mejor – aunque ya había tocado el tema en noviembre- .

Para mi es, una de las cosas que me puso a salvo, me evito seguir sufriendo y me ayudo a re direccionar mi vida pues creo que ustedes, como yo durante mucho tiempo, tratamos de controlarlo todo: hacemos planes y planeaciones en las que cuidamos el más mínimo detalle, de tal forma que las cosas salgan exactamente como lo imaginamos, con ese cálculo y esa precisión que se formó en nuestra mente, sin embargo a pesar de todos los cuidados muchas veces las cosas no nos cuajan y empezamos a preguntarnos porque si todo se hizo con forme al plan no se dio.

¿Resultados? Enfermedades, reproches a nosotros mismos y plegarias al cielo exclamando un “¿Por qué a mi?”

Lao-Tse, fue un pensador chino que propuso un estilo de vida basado en la naturaleza, la sencillez y la no violencia algo a lo que posteriormente se le llamo Taoísmo.

Él es quien nos invita a aprender a fluir con el mínimo esfuerzo, como el agua lo hace, tranquila, a pesar de que en su camino se encuentren piedras y obstáculos nunca llega a enfrentarse a todo ello, tan solo rodea o modifica un poco su cauce y llega hasta su destino.

Él dice que todas las cosas que pasan por nuestra vida y que juzgamos como malas y nos resistimos a ellas a largo plazo son las que nos permiten expandirnos. No hay nada que este en nuestro camino que no sirva para nuestro crecimiento.

El deseo de controlar las cosas viene del Ego, que trata de tenerlo todo planificado, cuadriculado, calculado, todo lo que te garantiza cero preocupaciones y felicidad.

El ego tiene mucho miedo y no confía en la vida, se asolea bajo la frase de “Para toda la vida”: un trabajo para siempre, una pareja para siempre, una casa para siempre, todo aquello en donde brille la perfección pues es obligatorio que ante la familia y amistades podamos contar una vida de éxitos para vernos como auténticos triunfadores, pues según los canones sociales hay una edad perfecta para tener un trabajo estable, para hacerte de un patrimonio, para tener hijos, para casarte y no quedarte como la solterona de los gatos.

Yo estuve parada aquí durante mucho tiempo cumpliendo las expectativas que los otros tenían de mí.

Me esforzaba por estudiar mucho; tome dos licenciaturas por si una no me garantizaba el éxito seguramente lo haría la otra; me enrole en dos idiomas; me hice de la mayor insignia alcanzada en los scouts siendo la única en conseguirla aquí en Tehuacán imaginando que me daría cierto prestigio.

En algún momento me llegaron a hacer la famosa pregunta de:

¿Cómo te ves en 20 años? Tenía yo 16 en ese entonces, no planeaba tener hijos, me imaginaba siendo una arqueóloga reconocida trabajando en un proyecto importante que me diera lo suficiente para mantener una pecera enorme en la sala de mi casa que sería de tres pisos con un jeep parado en la puerta.

Esos 20 años me alcanzaron ya y… nada de eso es realidad.

Pudiera sentir todo como un gran fracaso, culparme que en 20 años no tengo ni casa propia, ni auto, ni una pecera pequeña, sin embargo el “dejarme abandonar” desde hace años en la vida me ha traído un regalo más grande: mi evolución espiritual.

Recordemos que en la naturaleza de las cosas nada viene etiquetado, ni como negativo o positivo. El fin de una relación, un despido, la muerte de un ser querido, la traición, la enfermedad o la crisis pueden instalarte en el pensamiento de que son cosas súper traumáticas y dolorosas o puedes entender que hay una inteligencia superior que está conectado con nosotros y que sabe que para nuestro bien, para la felicidad y la expansión de la consciencia todo lo que pone a nuestro paso es un regalo, pues nos lleva a reconectarnos con nuestro ser y con la verdadera misión de nuestra vida que muchas veces olvidamos cuando estamos con alguien con quien ya no deseamos estar, en un trabajo que no nos gusta o simplemente tratando de sobrevivir.

La vida nos lleva a que tomemos consciencia de lo que realmente somos, aunque nosotros nos resistamos, nos empuja a que conectemos con nuestra divinidad, por eso nos lleva al valle de las cosas “malas”, de las lágrimas, nos saca de nuestra zona de confort con el único objetivo de que nos demos cuenta de nuestra grandeza.

Por eso aceptación y plena confianza en lo que suceda.

“Bendita locura cuando nos abandonamos a seguir nuestro corazón y confiamos en que vamos a estar a salvo.”