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La violencia probablemente siempre ha sido parte de la experiencia humana. Su impacto se puede ver, en varias formas, en todas partes del mundo. Cada año, más de un millón de personas pierden la vida, y muchas más sufren lesiones no fatales, como resultado de la violencia autoinfligida, interpersonal o colectiva.

En general, la violencia es una de las principales causas de muerte en todo el mundo. Si bien las estimaciones precisas son difíciles de obtener, el costo de la violencia se traduce en miles de millones de dólares en gastos anuales de atención médica en todo el mundo.

El costo humano en pena y dolor, por supuesto, no se puede calcular. De hecho, gran parte de ella es casi invisible. Si bien la tecnología satelital ha hecho que ciertos tipos de violencia (terrorismo, guerras, disturbios y disturbios civiles) sean visibles para el público televisivo a diario, se produce mucha más violencia fuera de la vista en los hogares, lugares de trabajo e incluso en las instituciones médicas y sociales establecidas para cuidar a las personas. Muchas de las víctimas son demasiado jóvenes, débiles o enfermas para protegerse. Otros se ven obligados por las convenciones sociales o las presiones a guardar silencio sobre sus experiencias.

Al igual que con sus impactos, algunas causas de violencia son fáciles de ver. Otros están profundamente arraigados en el tejido social, cultural y económico de la vida humana. Investigaciones recientes sugieren que, si bien los factores biológicos y otros factores individuales explican algo de la predisposición a la agresión, con mayor frecuencia estos factores interactúan con la familia, la comunidad, la cultura y otros factores externos para crear una situación en la que es probable que ocurra violencia.

A pesar de que la violencia siempre ha estado presente, el mundo no tiene que aceptarlo como una parte inevitable de la condición humana. Mientras ha habido violencia, también ha habido sistemas (religiosos, filosóficos, legales y comunitarios) que han crecido para prevenirlo o limitarlo. Ninguno ha sido completamente exitoso, pero todos han hecho su contribución a esta marca definitoria de civilización.

Desde principios de la década de 1980, el campo de la salud pública ha sido un activo creciente en esta respuesta. Una amplia gama de profesionales de la salud pública, investigadores y sistemas se han fijado las tareas de entender las raíces de la violencia y prevenir su ocurrencia.

La violencia se puede prevenir y su impacto puede reducirse, de la misma manera que los esfuerzos de salud pública han prevenido y reducido las complicaciones relacionadas con el embarazo, las lesiones en el lugar de trabajo, las enfermedades infecciosas y las enfermedades derivadas de alimentos y agua contaminados en muchas partes del mundo. Los factores que contribuyen a las respuestas violentas ya sean factores de actitud y comportamiento o relacionados con condiciones sociales, económicas, políticas y culturales más amplias, pueden cambiarse.

La violencia se puede prevenir. Este no es un artículo de fe, sino una declaración basada en evidencia.

Se pueden encontrar ejemplos de éxito en todo el mundo, desde esfuerzos individuales y comunitarios a pequeña escala hasta iniciativas políticas y legislativas nacionales.

Hace un par de días, escuchando a un conferencista sobre la importancia de ser, mencionaba una bella historia que desconocía sobre Facundo Cabral. Una historia que ahora comparto con Ustedes. Y que pongo como un ejemplo de lo que podemos hacer para terminar con la violencia.

En 1978, cuando su esposa y su hija fallecieron en un accidente aéreo, Facundo recibió una llamada de quien fuera Premio Nobel de la Paz. Según él mismo narrara en un espectáculo, la Madre Teresa le dijo: ¿Y ahora? ¿qué vas a hacer con tanto amor que tienes para dar?”. Y fue ahí, cuando Cabral decidió incorporarse al cuidado de los leprosos que llevaba a cabo la religiosa y, en sus propias palabras, esto “lo salvó”.

He visto levantarse innumerables críticas hacia la Madre Teresa, que han causado mucha polémica. Pero, el punto central aquí es el amor que nos sobra. Si es contundente el hecho de que todos necesitamos ser amados, es igualmente cierto que todos tenemos la necesidad de amar, de volcarnos en otro. Nos realizamos en el servicio.

La experiencia de sentirse útil, de contribuir a aliviar el sufrimiento, de modificar, aunque sea mínimamente el mundo de alguien, remienda de manera efectiva el propio vacío existencial, en particular aquel que sobreviene cuando se quiebra la columna que vertebra nuestra vida y ello ocasiona que te encuentres repentinamente, en medio del caos y la desarticulación, con las manos llenas de dones que ahora carecen de destinatario, llenas del amor que te sobra. Y hay que buscar en dónde colocarlo.