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Concepción Hernández Méndez

El pasado 12 de octubre se conmemoró un año más del descubrimiento de América, al mismo tiempo que sin que se diga, en esa misma fecha, empezó el sometimiento de los indios a España y luego a otros países de Europa.

Mis primeros acercamientos a los pueblos indios fueron en Pantepec y Mecapalapa Puebla, donde la viveza y alegría de los totonacas, me cautivó, luego conocí de cerca a los nahuas de la Huasteca de Hidalgo, después anduve un tiempo entre los tojolabales de Chiapas, de la zona de Las Margaritas, cercana a Comitán – Chonab en lengua tojolabal -y Balún Canán en tzeltal.  Después conocía a los otomíes de Veracruz, a los huicholes de Jalisco y Nayarit, más tarde a los totonacas de Coyutla.

En Las Margaritas visité los albergues para los niños indígenas, como el de Bajucú, sitio que fue antes la finca en la que vivió la familia de la escritora Rosario Castellanos, fui a la Montaña, como  entonces le decían a la selva, colonizada en los años 50 con gente de los Altos de Chiapas y cuyas comunidades se llamaban casi igual que los pueblos de la región de San Cristóbal de las Casas: Nuevo San Juan Chamula, Maravilla Tenejapa y otros poblados de  mayoría evangélica: Nuevo Damasco, Nueva Betania, Nueva Jerusalén, etc.

Allá en Chiapas supe de los casos de homicidio por brujería, tocándome estudiar el caso de dos tojolabales acusados de ejecutar a machetazos a un brujo, cerca de Comitán. Aprendí con mi amigo, un médico chileno, que había curanderos buenos, por decirles así: los Pitachik o pulsadores y brujos malosos, enemigos de las comunidades.

En fin, conocí un México que no se conoce en las ciudades, ni en las universidades, ni en los partidos. Descubrí que algunos profesores de los albergues de niños indígenas, no entregaban toda la comida, robándose el queso que era para los niños, también leche en polvo, dichos profesores, en vez de alimentar sanamente a los niños, les daban aguas de sabor artificial: sobrecitos de Kool-Aid, mientras se desaprovechaba la fruta que abundante se quedaba a podrir en el suelo.

Recuerdo a un abogado, valiente como el que más: Andulio Gálvez, de Motozintla, único letrado que servía a los tojolabales haciéndoles amparos agrarios y defendiéndolos en los juzgados de Comitán. Este abogado  me hizo reconocer lo  valioso que es para la gente contar con un servicio legal generoso y comprometido, que no lucra, que no pide grandes cantidades de dinero dizque para dar a la burocracia, que no roba pues.

Sólo por ser así,  fue  asesinado en 1984 en Comitán, cerca de su casa. No quedó en el olvido, pues su nombre lo tiene ahora un poblado zapatista. Se decía que lo mandó a matar don Ernesto Castellanos, hermano del  gobernador de entonces: Absalón Castellanos Domínguez. Nunca se supo bien quien fue el autor intelectual, pues en la cárcel fue asesinado el que lo mató. Diez años después, apresado por los zapatistas, Absalón Castellanos Domínguez, fue liberado por ellos mismos, después de que lo infamaron con una sentencia que lo condenó a vivir siempre con la vergüenza de haber sido un opresor de su pueblo y también un asesino (lección que le hace falta a algunos gobernadores de por estos rumbos).

En esos años 80, los indígenas chiapanecos se empezaron a quitar de encima el yugo, organizándose en uniones campesinas, agrarias y de crédito, como la  Kitptik ta lecubttesel en la selva, la Unión de Uniones y Grupos solidarios de Chiapas, en cooperativas de transporte. Diez años después, el famoso primero de enero de 1994,  dijeron: BASTA y empezaron a hablar de dignidad, a exigir el reconocimiento de su condición humana y libre, de los derechos ancestrales de los pueblos.

No somos inditos, somos pueblos con historia. Ya no más engaños, ya no más soportar un sistema de justicia copiado. Queremos jurisdicción indígena, respeto a los territorios de nuestros antepasados, a nuestros sitios sagrados: ¡Muera el mal gobierno! Y sacaron sus rifles de madera, como los vimos en las imágenes que recorrieron el mundo.

Los diálogos y discusiones de 95 y 96 fueron mero engaño. Luego vino en el 97 el horror de Acteal con sus 45 muertos a machetazos (al mejor estilo de las 600 masacres en aldeas guatemaltecas). Nosotros, los indios de antes, ya no somos los mismos, estamos más curtidos. Nos hemos hecho nacer con nuestros mismos huesos y nuestra misma sangre, nos hemos reconstruido aunque nos vean a veces muy silenciosos.

Veinte años después del 92, a 520 años de aquel 12 de octubre de 1492, en este 2012 los pueblos indios podemos celebrar el seguir vivos y en lucha por este nuestro continente Abya Yala, desde Alaska hasta la Patagonia. Todos: otomíes, emberá, tojolabales, wirrárikas, araucanos, mapuches, todos amenazados por el gran capital de las  mineras, de las empresas españolas que hasta nuestro aire se están apropiando, gracias a los gobiernos serviles que siguen viviendo en la Colonia y que hasta en los festivales nos hacen cantar el Alabado, dándole gracias a Dios por la opresión sufrida.

Frente a la opresión y a nuestro propio sometimiento, los pueblos indígenas del   Congreso Nacional Indígena y los de Abya Yala,  siguen en pie de lucha, porque si queremos futuro, no hay otro camino. Si no se lucha, seremos destruidos, la tierra quedará yerma cuando le saquen el oro, la plata y hasta las piedras, el agua será veneno, las plantas nos harán más daño que bien. De nada servirá la lucha de Morelos, de Trujano, de Hidalgo, de Flores Magón, de Bolívar, de Manuel Rodríguez, de San Martín, de todos los demás libertadores, si nosotros sucumbimos por nuestra indiferencia y por las amenazas externas.