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Caminar por las pequeñas ciudades de México, siempre nos trae, escenarios para buenas fotografías, viajar de una manera sencilla, para conocer algún lugar nos garantiza muchas sorpresas y un aprendizaje lleno de aventuras.

En esta ocasión les comparto sobre la ciudad de Tlaltizapán que quiere decir “Pies sobre tierra blanca”. Sus raíces etimológicas provienen de: tlal-tli, “tierra”; tiza-tl, “polvo blanco” y pan, “sobre” o “encima”, ya que la población se fundó sobre una loma de tierra blanca. Su escudo (un montículo de tierra y encima el dibujo de la huella de un pie de color negro) nos permite apreciar el “cerro o loma de tierra blanca” en donde se fundó esta población.

Se encuentra ubicado en el estado de Morelos, tiene un clima subtropical, cálido por el día y de fresco a frío por las noches y madrugadas.

Se dice que los Dominicos construyeron la casa de Tlaltizapán hacia 1550 a. C., Hernán Cortés estableció aquí un rancho donde tenía doce empleados, en donde se criaron caballos de buena sangre, el encargado de dicha estancia fue Don Pablo de Paz. Tenía aquí dos casas de piedra un corral grande y establo, en 1519 forma parte del señorío de Oaxtepec, mientras que para 1531 ya es sujeto de Yautepec.

Al llegar nos encontramos con limpios callejones empedrados y casas coloridas, llenas de flores de diversos tipos.

Cuenta con algunos grupos ejidales dedicados al cultivo de los cítricos entre otras cosas.

La historia nos dice que al principio del mes de abril de 1916, se asienta aquí, el cuartel del general Emiliano Zapata, que en Junio del mismo año fuera destrozado por las tropas carrancistas, y es bajo las órdenes del coronel Jesús Guajardo que fueron fusilados 268 habitantes entre hombres, mujeres y niños de Tlaltizapán por no pagar un impuesto y por zapatistas.

Y es en uno de estos ejidos en los que discurre la presente narración, nos encontramos un el terreno más alto de la región con un sol intenso y una pradera que se extiende por varios kilómetros, y que es bordeada aquí y allá por árboles de copal (burceraceae) que parecieran cientos de jinetes cabalgando velozmente, mientras sus crines brillan de noche, es el efecto de las flores sobre las copas de los árboles al ser sacudidas por el viento, al fondo la barranca se pierde en la distancia, a mano derecha nos encontramos uno de los muchos arroyos que traviesan la región, bordear sus orillas recorriéndolo en silencio permite que el canto del agua sobre las piedras casi nos lleve a otro tiempo, otra dimensión.

Las mariposas de muchos colores te acompañan en el recorrido y el agua es tan cristalina que permite ver el lecho empedrado por donde pasa.

Existen también grandes troncos que han caído en las últimas lluvias y se encuentran naturalmente acomodados, como si solo esperaran a que te recuestes sobre ellos, mientras un poco de sol se filtra entre las tupidas ramas, un espacio perfecto para meditar y salir con energías renovadas, esa semana había visitantes de varios lugares del mundo, finlandeses, canadienses, españoles, y algunos indígenas orgullosos de su tierra nos acompañaban.

Estaban dedicados a construir algunas cabañas para beneficio del ejido, después de cenar y bajo la luna llena nos convidaron con la sorpresa de llevarnos a un recorrido por el campo, y fue así como entre la orografía pudimos apreciar entre las rocas lo que parecían restos de algunos campamentos, al acercarnos fue increíble ver petates, ollas, cazuelas y jarritos, entre lo que parecían restos de ropa, cual fue la impresión cuando nos explicaron que eran las cosas que dejaron los hombres del general, y por su forma de presentarlo y comentarlo, son para ellos objetos casi de culto al héroe revolucionario Zapata, pudimos comprender la estrategia de ubicar el campamento en la zona más alta, desde allí se puede observar todo el valle y casi sentir en el ambiente el frenesí del levantamiento armado, sus noches entre fogatas, guardias y cantos.

Viajar por nuestro amado país enriquece culturalmente, pero también nos llena el alma.